Quizá una estrella, una nueva, una que un día cayó del cielo solo para cuidarnos; una que un día fue un ángel acá en la Tierra, con la única misión de darnos felicidad.
Su idioma no lo entendía, pero sabía hacerse entender. A veces, con una mirada; otras, con un ladrido, me hacía saber que siempre estaría a mi lado, que siempre me amaría y que me elegiría mil veces.
Me enseñó el amor incondicional; que un juego puede borrar una tarde triste y que no importa qué tan malo pudo haber sido el día: lo importante es estar siempre presente.
Me enseñó que una caricia puede alegrar el corazón; que no se necesitan manos para abrazar con el alma y que la mera presencia de quien amas te hace más feliz que cualquier cosa material.
Me enseñó que un paseo en el parque puede ser mágico con buena compañía; que, en el silencio de la soledad, lo mejor es estar cerca y que a quien extrañas se le espera, tras los minutos, las horas o los días.
Me enseñó el perdón: a no guardar rencor, a olvidar los errores ajenos y, aun sin poder decir una palabra, hacerme sentir que no hay error tan grande que logrará alejarla de mí.
Quizá no aprendí que era un amor condensado, de esos tan fuertes que vienen en dosis cortas. No entendí por qué no podías ser para siempre. ¿O es otra lección que debo aprender?
Mi ángel, mi estrella, regresaste al cielo, donde seguirás brillando y me seguirás cuidando. No aprendí qué hacer con este corazón roto, y ya no te tengo para abrazarte. Cuando aprenda tu última lección y entienda por qué te fuiste, miraré al cielo, te silbaré como lo hacía, te lanzaré un beso y, nuevamente, te diré: gracias.
Para mi perrita Sasha, por 14 años nos diste amor incondicional. Te veo en el cielo mi estrella.

Deja un comentario